martes, marzo 31, 2009

 Clemátide

Desde la esquina

Yo creía, hasta que dejé de creer. Creía porque me engañaron, porque tuve que irme y ver al volver que ya nada quedaba, que me lo habían robado todo. Es por esto que decidí partir.Ahora pienso que los barcos llegan a puerto sin velas, que las aves no comen y se alimentan del horizonte, que el ser humano duerme para olvidar.

Después de morir unos días, comencé a caminar sin parar, y mientras lo hacía en línea recta, prometí que si me encontraba con una esquina, iría siempre al oeste, donde dicen que se esconde o nace el sol. Ahora que todo lo que creía ya no lo creo más, descanso en una esquina del camino, bajo unos árboles frondosos y amarillos, sentada en una calabaza gigante y hueca espero, para aprender a observar de nuevo. A veces me río de los nómades triunfantes que pasan bailando con bolsitas de dinero colgando del cinturón, una y otra vez hasta que toman el camino opuesto y nunca más los veo regresar. Cada una semana se pasean las “meposas” así las llamo yo, son una especie de mujeres pero tóxicas, consumen todo, todo lo que ven a su paso.

He tenido, desde mi esquina, que ver como muchos, al pasarles un rayo de sol por sus ojos, se les ve el alma translucida y asesina, por los que en esos momentos de cuidado suelo escapar de ellos, subo por algún tronco, y me convierto en Clemátide, así pienso que no me cortaran el alma ni me ocuparan en un florero. Cuando comencé a caminar, me advirtieron que tuviera cuidado con el pantano cercano, humedal de aspecto inocente pero que esconde los peores animales salvajes.Para alimentarme voy a un sector bastante protegido, como me lleva bastante tiempo llegar a ese lugar y a veces temo perderme, ocupo un atajo que me fue enseñado por una liebre que se paro a descansar conmigo, tenía un punto rojo en la frente, me dijo que tuvo que desarrollar su tercer ojo para no ser cazada, los seres humanos ya no cazan por necesidad y sus armas hace tiempo son bastante eficientes.

Cuando llego a aquel lugar de subsistencia, me pongo en cuclillas frente a los pinos, cerca de sus raíces crecen setas comestibles con sabor a pollo con albahaca, es un gran bocado. De los pastos altos suelo arrancar un fruto del que no conozco nombre,  son amarillos y con puntas, unos amigos una vez encontraron uno en la capital, graciosamente lo llamaron  “pez globo”. En mi cantimplora almaceno agua de la pequeña cascada que se desprende de la litosfera húmeda y estancada, alcanzo a lavarme la cara y ver mi reflejo en colores tiernos y pálidos. 

Cada vez que vuelvo a sentarme en aquella calabaza me siento tranquila, esperando sentirme completamente sola, esperando sanarme para creer en todo aquello que creía. Y pasaran los días, veré a la liebre, a los gitanos, a los desposeídos, a los heridos, a niños sinceros y con los alcohólicos me iré a enfiestar un rato… y esperaré, esperaré sin reloj hasta encontrar todo aquello que no se y me pertenece, así no me convertiré más en flor porque seré primavera. Las viejas ramas amarillas sobre mi serán verdes, y todo aquello, con lo que solía creer, volverá a mi.

viernes, marzo 20, 2009

Otoño
Me gusta el otoño porque comprende que su importancia radica en limpiar la naturaleza gastada, porque sabe hacer del proceso una belleza, porque no me priva del sol si no de su calor, porque su frío anochecer trae amantes nocturnos, porque su agua irregular me regala suspiros, porque huele a infancia y a melancolía, es cumpleaños y es refugio, porque me afirma a la raiz de la vida, sus ciclos, su individualidad.

domingo, marzo 01, 2009

De velador

En la esquina encontré mis ojos una vez vuelta en mí, yo no sabía que el tiempo pasa lento cuando los momentos se vuelven más cercanos e intolerables.

Mire mis pies y cruzados, entre mi cama mal hecha, desenvolví mis manos hacia la almohada detras de mi cabeza, el pelo enredado sin coleta se desvanecía a medio lado por lo que mis brazos quedaron a media altura. Mis ojos apuntaron a la ventana, pero no había fondos claros ni precisos, era una imagen pixelada de la realidad.

Decidí entablar una mirada seria hacia arriba, cerré mis salares miedos y derrame la hiel por mis mejillas cansadas tratando, inútilmente, de entender porqué las luchas las he tenido que vivir sola.

Al final sonreí, ¿por qué siempre ha sido así?

El sol calló de penumbra y mi cuerpo se vió iluminado con un extraño color damasco cálido.